Diez años. Dos lustros. 3650 días sin contar los bisiestos. Ponle 3652 así a ojo de buen cubero. Los minutos también podríamos calcularlos. Incluso los segundos, pero no estamos para aportar datos irrelevantes. Centrémonos en la celebración, disfrutemos de la algarabía, no todos los años una sala de Madrid es capaz de celebrar su décimo aniversario. La sala coge prestado su nombre de una compañía en nacida en Ohio pero con raíces germanas que se encargaba de importar instrumentos musicales de hermosísima factura para venderlos en EE.UU. Luego derivarían el negocio en otra serie de productos, como útiles de cocina, pero esto es otra historia.

La Wurlitzer de la que te hablamos es llamada Wurli por sus fieles parroquianos, es una sala acogedora, ubicada en el corazón de la capital, donde la música genera ensoñaciones presididas por una cálida tonalidad rojiza, una barra larga en la que ahogar las penas, una nutrida fila de taburetes y una sempiterna cola de animosos aficionados a la buena música que pueblan la entrada los fines de semana.

La Wurlitzer, la Wurli, es en realidad una arboleda que otorga oxígeno cultural en una ciudad ávida de respiración. Su corteza es una tabla de salvación en mitad de un océano agreste, su savia es el rock and roll en sus diferentes vertientes,  que florece al ritmo del Psychobilly, se alimenta de Garage, bebe de Power Pop, hace la fotosíntesis a base de Surf y escupe dientes rotos presa del mejor Punk. La premisa, ante todo, es abrirse ante cualquier propuesta alejada de convencionalismos, etiquetas y hashtags varios.

Sobre sus tablas han desfilado varios de los nombres propios de la cultura rock, de aquí y de allá. Detrás, presidiendo el escenario, unas letras grandes en blanco que te recuerdan todo el rato que sí, que estás en un templo plagado de corrupción, serrín y sudor. Con música de la que pellizca, de la que conecta directamente con nuestras vísceras. Sentirse como en casa nunca fue tan sencillo.

Wurlitzer, la Wurli, cumple la friolera de diez años. Y para celebrarlo, se han encargado de elaborar un cartel que te dejará flojera en las piernas, sensación saciante en la tripa y sobrealimentará a las mariposas de tu estómago. Y todo regado con ingentes cantidades de Jagermeister. Échale un ojo, lo siguiente será frotarte las manos en señal de holgada aceptación, para acabar relamiéndote ante la cercanía de un festival de miércoles a domingo que servirá de celebración expiatoria.

 

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¿Y sabes lo mejor de todo? Que podrás acceder a estos conciertos y absolutamente TODOS los que tengan lugar en la Wurlitzer (la Wurli) en jornadas venideras si eres poseedor de FanOnFire Pass, la tarifa plana de ocio que está convirtiendo en cenizas la noche madrileña. ¿Pero todos todos? Sí, todos.  No sabemos a qué esperas para unirte a la crew y hacer de las noches en la Wurli un recurrente oasis de aguas cristalinas y palmeras. E imperdibles. Y chupas de cuero. Y maldito Rock and Roll, que no falte. Felicidades, primos. ¡Brindaremos por otros diez como poco!