Unas gotas de ácido en su lengua y cerró los ojos. De repente, el cielo se volvió poliédrico y se tiñó de colores imposibles. Entre las nubes metálicas y plagadas de aristas, un destello se acerca inexorablemente. Según acertamos a perfeccionar gestálticamente sus facciones, atisbamos cierto personaje de una célebre película de Groucho Marx.  Ahí le vemos, cruzando el cielo sentado sobre sus rodillas en una ostentosa alfombra mágica mientras sorbe un cuenco con sopa de ganso. Se dirige a Libertonia, con ínfulas de ser presidente y con intención manifiesta de hacerle una peineta burocrática a Sylvania. A su llegada, los fastos se reproducen uno tras otro. Algarabía en las calles ante el inminente nuevo nombramiento. Es tal el nivel que incluso han logrado contratar a un quinteto de rock alternativo de la exótica y lejana localidad de Aranjuez, que amenizará el evento de coronación con una colección de mandobles sonoros marca de la casa. Que curiosamente además, se llaman como él. El caché era alto, pero nadie ha reparado en gastos. No en vano, la celebración así lo merece. El viento mece el confeti perforado por las ondas de los cuernos soplados, la multitud observa sonriente y anonadada a través de una pantalla gigante cómo Rufus T. Firefly es coronado. El grupo entonces se funde con el personaje en una explosión descontrolada, conforman un ente único que emite un potente haz de luz ataviado con una tiara de plástico del bueno y brillando como solo lo hacen los cristales de sal en las mañanas soleadas. Vítores exultantes. Por unanimidad, amigo T. Firefly, ya eres oficialmente el paradigma de la salvación de la música de este país.

Este viaje lisérgico es resultado de la escucha de un álbum llamado Magnolia. el cuarto de su carrera discográfica. Del último disco de cada banda se suele decir, como eufemismo tan manido como universal, que se trata de su trabajo “más maduro“. Ni puta idea acerca de si este lo es. Lo que os podemos asegurar es que se trata de un disco de orfebre. Con un sonido extremadamente fresco, forjado a fuego lento a base de teclados, riffs erizados, dobles voces, eco, percusiones en ocasiones selváticas y sin tics aparentes de música prefabricada.  Que respira naturaleza, en arreglos que encajan en las canciones de forma casi orgánica (la sombra alargada del todopoderoso Manuel Cabezalí). Que se planta, fiero y amenazante, frente a los productos prefabricados que ensombrecen la industria, saca los dientes con una media sonrisa, marca su territorio de una meada y su silueta se pierde en el bosque.

Las letras, envasadas al vacío, conforman poemas rotos, que trepan por la enredadera de un muro infinito, que convergen en un mismo punto de fuga, ora contundencia ora delicadeza, en ocasiones pintado de oscuridad impenetrable y otras veces cegador de tanta luminosidad. Este viaje, saltando entre multiversos sonoros, puede dejarte mudo de asombro mientras el tejido espacial sobre el que flotas se vuelve más viscoso por momentos.  Cuando Andrómeda y la vía Láctea, atraídas por sus sendas gravedades, confluyan en el mayor baile de máscaras que se recuerda, sonará de fondo Nebulosa Jade  y se convertirá, de facto, en el mejor espectáculo del mundo.

Mientras eso sucede, puedes acercarte 22 de Abril a la Sala Ochoymedio. Que también habrá explosiones cósmicas, pero algo más comedidas.