Cohen se va entre susurros, danzando, girando lentamente sobre sí mismo, mascando una sonrisa.  Sus pasos, cortos y pausados, acarician un asfalto agrietado. Su último baile no podía ser sino lento. Mirando confiado a los ojos de la muerte. Apretándola de la cintura, obviando la guadaña, seduciéndola entre sus brazos, meciéndose en la sutileza. Afuera, alguien dicta a las gotas de lluvia que se lancen desde las cornisas y empapen las mejillas de todos los que lo veneraban. Llórenle. Como solo se puede llorar a la más desgarradora de las pérdidas.

Se fue a los 82 años, cuando las cosas se ponían feas ahí fuera en un mundo sumido en la vorágine del desquicie. Pocos días después de su último trabajo de estudio. El 13 de Octubre presentaba al mundo You Want It Darker. Su último legado, casi tan profundo como esa mirada que, lejos de apagarse con los años, permanecía vivaracha, despierta y atenta a cualquier nimio detalle para engalanarlo hasta convertirlo en canción.

Cohen era una voz rota poniéndole voz a unos versos rotos. Y el resultado era liso, homogéneo , perfecto e inalcanzable para el resto. Leonard se apropió de la Navidad a golpe de garganta. También frecuentó lugares emocionalmente inaccesibles para los demás. Forjó una historia agridulce en cada esquina, envenenó cada beso, hizo del lamento una bendición y de la pena un sosiego. Colgó su sempiterno sombrero en los percheros de la perdición. Cerró bares, cosió corazones rotos. No ganó el Nobel de Literatura, ganó un Príncipe de Asturias. También la orden de Canadá y la orden nacional de Quebec. Todos sus contemporáneos le miraban desde abajo, intentando impregnarse de su talento. Él sonreía desde arriba, mientras sus letras versaban en torno al sexo y la religión. Bailó con Suzanne. Abrazó el budismo, fue ordenado monje y le conocían como “El silencioso”. A él, a la voz rasgante, al verso libre. La vida, esa fulana plagada de paradojas y cicatrices.

Cohen dijo en una ocasión que hay una grieta en todo, así es como entra la luz. Sus letras, aquellas que salvaban a las almas atormentadas por el amor.  Nuestra grieta es su pérdida. Y toca taparla con una luz apacible, demasiado tenue para ser cegadora. Demasiado dulce para temerla. Con una voz que deja huérfanos tras su estela. Con un susurro grave que acaricia al viento. Él, que ayudó a entender los sentimientos humanos. Él, que quería vivir 120 años. No lo ha conseguido, tan solo ser eterno. Hallelujah, maestro. Bailaremos hasta el fin del amor.